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A lo largo de este último siglo y en las sociedades tecnológicamente más avanzadas, hemos hecho del agua un bien tan doméstico y cotidiano que con asaz frecuencia se nos olvida todo cuanto en él hay de maravilloso y excepcional. Basta un simple gesto para ponerla a nuestra disposición, incorporarla a nuestras necesidades más elementales de higiene o generación de riqueza. Es ésta, por fortuna, una de las caras más amables del progreso, que parece haber invertido alguna de nuestras desventajas iniciales respecto a la Naturaleza: son ahora sus elementos los que se antojan a nuestra disposición y no al revés.

La realidad, sin embargo, no es tan complaciente como nos gustaría, y el agua que nos parece tan al alcance sigue siendo, pese a todo, un bien escaso y muy irregularmente distribuido en el espacio y en el tiempo, tanto como para que sus carencias y sus excesos torrenciales puedan ocasionar toda una serie de dramáticas secuelas, a menudo devastadoras. Y ésta constituye una circunstancia que nunca puede obviarse en un país de nuestras características climáticas, y menos aún en una zona del territorio como la que ocupa la Cuenca del sur, donde no sólo el clima mediterráneo se presenta en todos sus extremos haciendo extraordinariamente complejos la regulación y el aprovechamiento de los recursos hídricos, sino que es preciso agregar también otros factores que le añaden aún más dificultad : el acusado perfil montañoso, los fuertes desniveles y la corta longitud de los cursos fluviales, la concentración de la población en la franja costera, su crecimiento en las temporadas turística y las tensiones en la demanda, la preservación de la calidad de las aguas superficiales y subterráneas...A todos esos problemas se enfrenta el Plan Hidrológico de la Cuenca del Sur.

El Presidente

Confederación Hidrográfica del Sur


La Cultura del agua